
Mañanas aventuradas a soles veraniegos del mes de Abril, acompañando una nostalgia que por hoy en dia tiene una sustancia, una forma y mas de un color; violeta amarillo y gris...
Esperanza de las Casas, sentada en su balcon, tal y como la hecharon al mundo, con las mejores ropas que se puede ver a una mujer, su desnudez impecable, sus lacios cabellos castaños, sus perfectos ojos almendrados heredados del padre que no dejo memorias paternales. Aquella mañana aventurada mas que la mañana misma Esperanza de las Casas recordaba la inocencia del jardin en el que la parieron una tarde de lluvias por Septiembre, rodeada de jazmines blancos y lodo de sangre, cuando a su madre la tumbaron los dolores del parto y no hubo fuerza que lograse levantarla hacia la morada calida a no mas de 30 pasos de allí.
Recordaba la ilucion que aun se encontraba encerrada en el atico del tercer piso, entre muñecas de fina porcelana rota por la peleas de niñas a quien ser la mama en el juego del hogar, los trajes de muselina de los domingos con los que iba hacia la catedral con la madre cogiendole la mano, las primeras pinturas de la escuela guardadas con orgullo maternal entre neftalinas para evitar que el papel terminara siendo alimento de polillas.
Recordaba las primeras miradas furtivas y el nerviosismo que sentia al encontrarse descubierta en las tardes de lago con las confidentes.
Recordaba la primera vez que lo vio, totalmente indiferente y varonil, la manera en que le entrego el sombrero de plumas y cintas que una rafaga fugaz arrebato de su cabeza en la playa de junio, recordo esa mirada diafana, y como sintio su sangre burbujear al minimo roce de manos que ella creia imposible revivir, asi como tambien recordaba la idea de no volverlo a ver otra vez, Esperanza de las Casas nunca hizo honor al nombre con el que la bautizaron, para ella un recuerdo se iba tal y como llegaba, pero aquella mañana de sol veraniego no imaginaria que el mismo joven gallardo de manos fuertes que con supuesta indiferencia le entrego el sombrero dorado por el sol, seria el hombre con el que se habia convertido en mujer.
Esperanza de las Casas miraba desde el portal al hombre que por hecho le pertenecia, lo miraba con una ternura casi metalica y recordo que lo mejor seria despertarlo puesto que su marido no tardaria, ya que solo habia salido a comprar unas cuantas orquideas, por que a su reciente esposa le dieron deseos de plantar algunas en el jardin.